XVIII CONVERSACIÓN CLÍNICA DEL ICF

Barcelona, 29 y 30 septiembre 2018

Momentos críticos en una cura: cómo maniobrar

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Con la participación de
Jacques-Alain Miller

Inscripción on-line

 

 

Coordinación:
Lucía D’Angelo y Oscar Ventura

Asistimos hoy en día a una enorme e inédita pluralidad de discursos que atraviesan las coordenadas de la clínica contemporánea. Y en esa babel de técnicas destinadas a amortiguar la fragilidad subjetiva, a tratar de paliar los surgimientos súbitos del encuentro con lo real una pregunta se impone. ¿Cómo maniobrar?

Para el conjunto amplio de los practicantes del psicoanálisis no podría ser otra la respuesta que la de estar a la altura de un acto, siempre orientado. Aquel que apunte sin concesiones al sujeto, sin destituirlo de la dignidad que lo habita en tanto tal, hablante sexuado y mortal. Y en tanto único.

La heterogeneidad de dispositivos terapéuticos muestran que las soluciones para incidir de una manera efectiva en los momentos críticos de la cura basculan en un amplio abanico. Se extienden, desde el uso excesivo de la solución farmacológica, pasan por la ilusión de una domesticación inútil e inhumana, hasta el cinismo que implica la promesa de conquistar una estabilización bajo el argumento de un optimismo fundado en la positividad del coach, del tú puedes, a pesar de lo real que atraviesa al sujeto.

La experiencia analítica verifica -en el trayecto que va desde su inicio, primer momento crítico, hasta su final- que en el desarrollo de este tiempo más menos amplio que une estos dos momentos lógicos no dejan de producirse momentos críticos, irrupciones de lo real. Y esas irrupciones siempre responden a una coyuntura que no es análoga a ninguna otra, no son extrapolables de un sujeto a otro. Siempre responden a una singularidad. Se trata de cuando las cosas dan un vuelco -esperado o inesperado- que requieren del juicio del analista y de la decisión a tomar.

J.-A. Miller subraya que “hay crisis en el sentido psicoanalítico cuando el discurso, las palabras, las cifras, los ritos, la rutina, todo el aparato simbólico, se revelan de repente impotentes para atemperar un real que de hecho no está más que en su cabeza. Una crisis es lo real desencadenado e imposible de dominar”. Y es en este impasse que el analista debe responder para atemperarlas, para formalizarlas, para desactivarlas.

Las maniobras del analista consisten justamente en ofrecerle al sujeto poner al servicio de otra cosa, aquello que opera como un exceso de goce y que parásita su relación con el deseo. Esas maniobras que operan en la cura no pueden disociarse de la transferencia, sea ésta positiva en el sentido del motor de la cura, sea ésta el obstáculo por la que la cura entra en un punto crítico.

Maniobras y transferencia fundan un binomio que está en el corazón de la praxis, a condición que el analista se forme en una variedad de recursos según el momento que convenga a la posición del sujeto; en el lugar del Otro que haya construido bajo transferencia, como del objeto que el analista representa para él.

El cálculo de las maniobras está fundado a partir de la pluralidad de los semblantes con que el sujeto inviste al analista. Y cuando lo real es invasivo, cuando la pulsión está desatada en una deriva que conduce a lo peor, es la hora de ejercer una autoridad que nunca se inscribe de la misma manera para cada sujeto ni para cada analista.

Llegados a este punto, el analista está solo con su acto.

Freud en la serie de sus escritos técnicos y a lo largo de su obra nos legó unas indicaciones en forma de advertencias, de consejos, sin duda de principios, en que se funda la experiencia. En lo único que confiaba sin fisuras era en la enseñanza que el análisis del analista imprime a las curas que dirige: “La extraordinaria diversidad de las constelaciones psíquicas intervinientes, la plasticidad de todos los procesos anímicos y la riqueza de los factores determinantes se oponen, por cierto, a una mecanizacióń de la técnica, y hacen posible que un proceder de ordinario legítimo no produzca efecto algunas veces, mientras que otro habitualmente considerado erróneo lleve en algún caso a la meta. Sin embargo, esas constelaciones no impiden establecer para el medico una conducta en promedio acorde al fin”.

Lacan, por su parte, desde muy temprano en su enseñanza, nos indica que no se trata de describir de qué manera procede el analista en sus intervenciones: “Opera en los dos registros de la elucidación intelectual por la interpretación, y de la maniobra efectiva por la transferencia; pero fijar sus tiempos es asunto de técnica, que los define en función de las reacciones del sujeto y regular su velocidad es asunto de tacto, merced al cual el analista advierte el ritmo de esas reacciones.”

La pluralidad de las maniobras posibles es una forma de nombrar el enorme proceso de desestandarización, con que la Lacan supo metamorfosear el dispositivo analítico y ponerlo a la altura de un instrumento que no pierda su potencia.

Los diferentes usos de la transferencia, su estrategia en el caso de las neurosis; las maniobras más allá del sentido común en los casos de las psicosis ordinarias y de las extraordinarias. La interpretación, el acto, la escansión, la puntuación, la conversación, el aislamiento de un significante Amo para detener una deriva, son un conjunto de recursos que el analista tiene como referencia de un saber, siempre conjetural, para detener las crisis o para hacerlas productivas.

El analista opera sobre la sustancia gozante, único campo posible de la acción sin abolir, ni anestesiar, ni empujar a una neutralización de lo vivo que cada momento crítico representa. Y dado que no existe el standard de cómo maniobrar, habrá que hacerlo a partir de dos soledades únicas, radicalmente otras. Una que demanda el apaciguamiento, la otra advertida de que la maniobra no quede coagulada bajo ese impulso, tan masivo en nuestro lazo social, que pretende hacer olvidar que la humanidad está atravesada por la ausencia de relación sexual.

Como analistas, no podemos dejar de explorar las fórmulas de cómo, en cada cura se pueden forzar las cosas hasta ese punto de sorpresa, de invención necesaria, de contingencia única que revela su fecundidad clínica, para hacer de contrapunto a lo real desencadenado.

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Comisión de Organización:
Miquel Bassols, Xavier Esqué, Mercedes de Francisco, Mónica Marín y Rosalba Zaidel
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