Referencia de la "Fenomenología de la percepción" de Merleau-Ponty

 

Bárbara Gallastegui*

 

 

En estos capítulos Lacan toma en dos ocasiones la referencia de la Fenomenología de la percepción de Merleau-Ponty, una obra de 1945. A la hora de tomar la referencia puede resultar útil advertir los planteos que Lacan formula respecto a la idea de que el sujeto ha de insertarse en el cuadro en la página 106 y la alusión en la página 104 a la vertiente subjetiva que opera si uno se da cuenta de los efectos de reflejo de un campo o de un color.

De la obra de Merleau-Ponty citada tomaremos el apartado III, que lleva por título La cosa y el mundo natural y extraeremos algunas ideas pertenecientes al subapartado Las constancias perceptivas.

Merleau-Ponty, se enfoca en este apartado en el fenómeno realidad estudiando sus constantes perceptivas. Recojo algunas ideas del desarrollo que propone.

Inicia Merleau-Ponty intentando ubicar cuándo la magnitud o forma de un objeto es aparente y cuando puede considerarse verdadera y dice:

“Primero, una cosa tiene su magnitud y su forma propias bajo las variaciones perspectivísticas que no son más que aparentes. No ponemos estas apariencias a cuenta del objeto, son un accidente de nuestras relaciones con él. Lo que se nos da para cada objeto, dirá el psicólogo, son magnitudes y formas siempre variables según la perspectiva. La realidad no es una apariencia privilegiada y que permanecería debajo de las demás, es el armazón de relaciones a las cuales todas las apariencias satisfacen. Nunca la magnitud y la forma se perciben como los atributos de un objeto individual, no son más que nombres para designar las relaciones entre las partes del campo fenomenal.”

Y afirma: “Una forma, o una magnitud solamente aparente, es la que todavía no está situada en el sistema riguroso que forman conjuntamente los fenómenos de mi cuerpo. En cuanto se sitúa en él, encuentra su verdad, la deformación perspectivística ya no se sufre, sino que se comprende. La apariencia nada más es engañosa y es apariencia en sentido propio cuando es indeterminada. La cuestión consistente en saber cómo es que haya para nosotros formas o magnitudes verdaderas, objetivas o reales, se reduce a la de saber cómo es que haya para nosotros formas determinadas; y hay formas determinadas, algo así como «un cuadrado», «un rombo», una configuración espacial efectiva, porque nuestro cuerpo como punto de vista sobre las cosas y las cosas como elementos abstractos de un solo mundo forman un sistema en el que cada momento es inmediatamente significativo de todos los demás”.

“Mi experiencia desemboca en las cosas y se trasciende en ellas, porque se efectúa siempre en el marco de cierto montaje respecto del mundo, montaje que es la definición de mi cuerpo. Las magnitudes y las formas solamente modalizan esta presa global sobre el mundo. Es, pues, muy verdad que toda percepción de una cosa, de una forma o de una magnitud como real, toda constancia perceptiva, remite a la pro-posición de un mundo y de un sistema de la experiencia en el que mi cuerpo y los fenómenos están rigurosamente vinculados. Pero el sistema de la experiencia es vivido por mí desde cierto punto de vista, no soy su espectador, formo parte del mismo, y es mi inherencia a un punto de vista lo que posibilita, a la vez, la finitud de mi percepción y su apertura a un mundo total como horizonte de toda percepción”.

Merleau-Ponty prosigue con el estudio del color y la iluminación y señala: “Las cualidades de la cosa, por ejemplo su color, su dureza, su peso, nos dicen mucho más acerca de ella que sus propiedades geométricas. Considerando la percepción misma, no podemos decir que el pardo de la mesa se ofrezca, bajo toda iluminación, como el mismo pardo. No queda más que la «sustancia del color» bajo las variaciones de iluminación. No podremos comprender la percepción más que tomando en cuenta el color-función, que puede seguir siendo el mismo cuando la apariencia cualitativa ya se ha alterado. En particular, la distinción de la iluminación y del color propio del objeto no resulta de un análisis intelectual, es una cierta organización del color, el establecimiento de una estructura iluminación-cosa iluminada, que hemos de describir de más cerca, si queremos comprender la constancia del color propio.”

Recojo dos ejemplos que propone para ilustrarnos: Una pared blanca débilmente iluminada, que aparece en visión libre como blanca, aparece gris-azulada si la miramos a través de la ventana de una pantalla que nos oculte la fuente luminosa.

Otro ejemplo: Si nos apañamos para hacer caer exactamente el haz de una lámpara en arco sobre un disco negro, y si ponemos el disco en movimiento para eliminar la influencia de las rugosidades que ése lleva siempre en su superficie, el disco aparece, como el resto de la pieza, débilmente iluminado, y el haz luminoso es un blancuzco sólido cuya base la constituye el disco. Si colocamos un trozo de papel blanco delante del disco «en el mismo instante vemos el disco “negro” el papel “blanco” y uno y otro violentamente iluminados». La transformación es tan completa que se tiene la impresión de ver aparecer un nuevo disco.

Entonces Merleau-Ponty afirma: “La conexión del fenómeno de constancia, de la articulación del campo y del fenómeno de iluminación puede, pues, considerarse como un hecho establecido. Pero esta relación funcional no nos hace comprender aún ni los términos que vincula, ni, por lo tanto, su vinculación concreta. ¿En qué sentido hay que decir que el color del objeto sigue siendo constante? ¿Qué es la organización del espectáculo y el campo en el que se organiza? ¿Qué es, en fin, una iluminación?”

“Consideremos, primero, este modo de aparición particular de la luz o de los colores que se llama iluminación. ¿Qué ocurre en el instante en que cierta mancha de luz se toma como iluminación, en lugar de valer por sí misma? Han sido necesarios siglos de pintura antes de que descubriéramos en el ojo este reflejo. El reflejo no se ve por sí mismo, ya que pudo pasar inadvertido tanto tiempo, y sin embargo tiene su función en la percepción, ya que la sola ausencia del reflejo despoja a objetos y rostros de vida y expresión. El reflejo nada más se ve de soslayo. No se le ve, a él mismo; hace ver el resto, lo demás. La iluminación y el reflejo no juegan, pues, su papel más que si se difuminan, como intermediarios discretos, y si conducen nuestra mirada en lugar de retenerla. Cuando se me hace ver, en un paisaje, un detalle que no supe distinguir solo, hay alguien que ya vio, que ya sabe dónde hay que situarse y adonde hay que mirar para ver. La iluminación conduce mi mirada y me «hace ver el objeto; eso significa, pues, que en cierto sentido, sabe y ve el objeto. Percibimos según la luz.”

“La percepción supone en nosotros un aparato capaz de responder a las solicitaciones de la luz según su sentido, de concentrar la visibilidad suelta, de acabar lo esbozado en el espectáculo. Este aparato, es la mirada, en otros términos, la correlación natural de las apariencias y de nuestras progresiones cinestésicas, no conocida en una ley, sino vivida como el empeño de nuestro cuerpo en las estructuras típicas de un mundo. Si, en una pieza vivamente iluminada, observamos un disco blanco colocado en un rincón sombrío, la constancia del blanco es imperfecta. Mejora cuando nos acercamos a la zona sombría en la que el disco se halla. Es perfecta cuando entramos en esta zona. La sombra no se vuelve verdaderamente sombra (y correlativamente, el disco no vale como blanco) más que cuando nos envuelve, pasa a ser nuestro medio ambiente, nos establecemos en ella. La iluminación no está del lado del objeto. La iluminación no es ni color, ni siquiera luz en sí misma. Y es por esto que siempre tiende a devenir «neutra» para nosotros.”

“Todo color-quale es, pues, mediatizado por un color-función, se determina con relación a un nivel que es variable. El nivel se establece, y con él todos los valores coloreados que de él dependen, cuando empezamos a vivir en la atmósfera dominante.”

Y apuntala: “Nuestra instalación en cierto contexto ambiental coloreado es una operación corpórea, porque mi cuerpo es mi poder general de habitar todos los medios del mundo, la clave de todas las trasposiciones y de todas las equivalencias que lo mantienen constante.”

Así, la iluminación no es más que un momento en una estructura compleja cuyos demás momentos son la organización del campo tal como nuestro cuerpo la realiza y la cosa iluminada en su constancia. Las correlaciones funcionales que pueden descubrirse entre esos tres fenómenos no son más que una manifestación de su «coexistencia esencial». Hay, pues, una «lógica de la iluminación», o incluso una «síntesis de la iluminación», que, primero, se vive como consistencia del cuadro o realidad del espectáculo. Más: hay una lógica total del cuadro o del espectáculo, una coherencia experimentada de los colores, de las formas espaciales y del sentido del objeto. Un cuadro en una galería de pintura, visto a la distancia oportuna, tiene su iluminación interior que da a cada una de las manchas de colores no sólo su valor colorante, sino además un cierto valor representativo. Visto de demasiado cerca, cae bajo la iluminación dominante en la galería, y los colores «no operan ya entonces representativamente, no nos dan ya la imagen de ciertos objetos».

“Ahora entrevemos un sentido más profundo de la organización del campo: no son únicamente los colores, sino también los caracteres geométricos, todos los datos sensoriales, y la significación de los objetos, que forman un sistema, nuestra percepción entera está animada de una lógica que atribuye a cada objeto todas sus determinaciones en función de las de los demás y que «tacha» como irreal todo dato aberrante; la percepción está completamente subtendida por la certeza del mundo. Desde este punto de vista descubrimos, finalmente, la verdadera significación de las constancias perceptivas. La constancia del color no es más que un momento abstracto de la constancia de las cosas, y la constancia de las cosas se funda en la consciencia primordial del mundo como horizonte de todas nuestras experiencias. No es, pues, porque percibo unos colores constantes bajo la variedad de las iluminaciones que creo en unas cosas, ni la cosa será una suma de caracteres constantes; es, al contrario, en la medida en que mi percepción está de sí abierta a un mundo y a unas cosas, que encuentro unos colores constantes.”

 

 

* Referencia de la "Fenomenología de la percepción" de Merleau-Ponty, presentada en la clase del 16 de enero de 2021 de la Antena Clínica de Bilbao, Curso 2020 – 2021, dedicado al Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, de Jacques Lacan) dictada por Gustavo Stiglitz y dedicada a las lecciones 8 y 9 del Seminario XI, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, de Jacques Lacan

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