“Duelo y melancolía”, de Sigmund Freud

(Referencia del Seminario 6 de Jacques Lacan, El deseo y su interpretación)

Lierni Irizar*

 

Freud trata en este texto de explicar la melancolía tomando como referencia el duelo, un afecto que considera normal.

Dado que el tema que interesa a Lacan es otro, la relación entre la constitución del objeto en el deseo y en el duelo, ese es el eje que guiará mi comentario. La cuestión del objeto en el duelo, en el texto de Freud. Y en este sentido, la pérdida es un punto central. Lacan afirma que Freud es el primero que destacó el objeto del duelo.
Veamos qué plantea Freud.

Nos dice que el duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces (la patria, la libertad, un ideal, etc.). Nunca se nos ocurrirá considerarlo un estado patológico, ni remitirlo al médico para su tratamiento. (Esto ha cambiado y hoy si se hace)

Duelo y melancolía coinciden en sus características a diferencia de un punto. Comparten el dolor, la pérdida de interés por el mundo exterior (en lo que no recuerde al muerto), la pérdida de la capacidad de escoger un nuevo objeto de amor y el extrañamiento respecto al trabajo productivo que no tenga relación con la memoria del muerto. Pero en la melancolía aparece además una perturbación del sentimiento de sí, un rebajamiento de sí que no se da en el duelo.

Estos factores forman parte de la realización del trabajo del duelo que se produce del siguiente modo. La realidad muestra que el objeto amado ya no existe y es necesario entonces retirar toda la libido de sus enlaces con el objeto. Sin embargo, a este trabajo se opone el hecho de que el humano no abandona de buen grado una posición libidinal. Este trabajo se realiza entonces pieza por pieza, con un gran gasto de tiempo y energía de investidura y durante ese tiempo la existencia del objeto perdido continúa en lo psíquico. El trabajo del duelo absorbe al yo. Es una operación lenta y dolorosa y una vez cumplido el trabajo del duelo, el yo se vuelve otra vez libre y desinhibido.

Freud plantea entonces que en la melancolía puede ocurrir también una pérdida de un objeto amado, muerto o perdido de forma más ideal, pro ejemplo, como objeto de amor (novia abandonada). Y en otras ocasiones aunque se supone una pérdida, no se sabe lo que se perdió. Esto puede ocurrir aun conociendo la pérdida que ocasiona la melancolía. Es decir, el sujeto puede saber a quién perdió pero no lo que perdió en él. La melancolía se refiere por tanto a una pérdida de objeto sustraída de la conciencia, algo en lo que se diferencia del duelo.

En el trabajo que el melancólico realiza ante la pérdida, Freud añade a los aspectos ya analizados en el duelo, un enorme empobrecimiento del yo. Si en el duelo el mundo se hace pobre y vacío, en la melancolía eso le ocurre al yo. Describe al yo como indigno, moralmente despreciable y se hace reproches, se denigra y espera repulsión y castigo. Freud firma que el melancólico es realmente tan falto de interés e incapaz de amar como dice pero que esto es la consecuencia del trabajo interior que devora su yo. También en otras de sus autoimputaciones parece tener razón y que capta la verdad con más claridad que otros no melancólicos. Afirma que Hamlet hizo una apreciación así de sí mismo y de los demás: “Dad a cada hombre el trato que se merece y ¿quién se salvaría de ser azotado?” (Afirmación que le plantea a Polonio cuando le pide que aloje a los actores.)

En el melancólico por tanto, aunque se puede afirmar que ha sufrido una pérdida en el objeto, de sus declaraciones sobre sí mismo, surge una pérdida en su yo. Vemos que una parte del yo se contrapone a la otra, la aprecia críticamente y la toma por objeto. (Instancia crítica o conciencia moral) Los autorreproches son en el fondo, reproches contra el objeto de amor que se vuelven sobre el yo propio.

El proceso es el siguiente: se elige un objeto, una ligadura de la libido a una persona; una afrenta o desengaño por parte de la persona amada lleva a conmover ese vínculo de objeto; la libido libre, en lugar de dirigirse a otro objeto, se retira sobre el yo. Y ahí sirve para establecer una identificación del yo con el objeto resignado: la sombra del objeto cae sobre el yo que será juzgado por una instancia particular (superyó) como el objeto abandonado. La pérdida del objeto se transforma en pérdida del yo y el conflicto entre el yo y el objeto, en una bipartición entre el yo crítico y el yo alterado por la identificación. La identificación narcisista con el objeto se convierte entonces en el sustituto de la investidura de amor.

La pérdida del objeto también saca a la luz la ambivalencia de los vínculos de amor. En este conflicto, si el amor por el objeto se refugia en la identificación narcisista, el odio se ensaña con ese objeto sustitutivo denigrándolo, haciéndolo sufrir y ganando en este sufrimiento una satisfacción sádica.

Las tres premisas de la melancolía son: pérdida del objeto, ambivalencia y regresión de la libido al yo. La tercera es el factor eficaz de la melancolía.

Freud afirma que pasado el tiempo el yo ha liberado su libido del objeto perdido. El duelo vence la pérdida de objeto que mientras persiste absorbe todas las energías del yo. Para cada uno de los recuerdos y situaciones que muestran a la libido anudada con el objeto perdido, la realidad revela que el objeto no existe y el yo, que podría compartir ese mismo destino, se deja llevar por la suma de satisfacciones narcisistas que le procura estar con vida y de este modo desata su ligazón con el objeto perdido. Este proceso de desasimiento de la libido se produce muy lentamente. El duelo mueve al yo a renunciar al objeto declarándolo muerto y ofreciéndole como premio el permanecer con vida.

Lacan plantea en estos capítulos la cuestión del fantasma y del objeto de deseo en el mismo. Y plantea que el objeto viene a ocupar el lugar de lo que permanece oculto para el sujeto, aquello que sacrifica de sí mismo, la libra de carne empeñada en su vínculo con el significante. Podemos decir, lo que pierde por su entrada en el discurso. Es decir, el objeto de deseo cubre esa pérdida. Y por otro lado, la pérdida del objeto que se produce en el duelo, produce un agujero en lo real. Ese agujero muestra el lugar donde se proyecta el significante faltante, el falo. (Privación, pérdida real de un objeto simbólico)

El objeto del fantasma cubre el agujero que sin embargo la pérdida deja al descubierto. El duelo toca esa pérdida que estaba velada.

 

* Trabajo presentado en la clase del 28 de noviembre de 2015 del Seminario del Campo Freudiano de Bilbao, Curso 2015 – 2016, dedicado al Seminario 6 de Jacques Lacan

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