La verdad para Wittgenstein en el “Tractatus…”

(Referencia de la lección 4, "Verdad, hermana de goce", del Seminario XVII, El reverso del psicoanálisis, de Jacques Lacan)

Iñigo Martínez*

El entre otras cosas filósofo, matemático, lingüista, ingeniero de motores y jardinero, Ludwing Wittgenstein es un personaje de novela o de cine. Así, contamos entre otras, con una biografía donde aparecen sus diarios íntimos escrita por Ray Monk, con una novela titulada o con la película curiosísima que lleva por título su nombre y que dirigió en 1993 Derek Jarman.

Vida pues de enganches y desenganches: nació en Viena en 1889 y fallecido en Cambridge en 1951. Dicen que sus últimas palabras fueron “Dígales que mi vida a sido maravillosa”. Llamativo en alguien que según sus diarios a menudo estuvo atormentando por la idea del suicidio.

Un día le preguntó a su profesor Bertrand Rusell “Profesor, quiero que usted me diga si soy un idiota porque si lo soy un voy a seguir dedicándome a la ingeniería; y si no, deseo dedicarme a la filosofía”. Prudentemente, Russell le dijo: “No lo sé. Tráigame algo que haya escrito para que pueda leerlo y hacerme una idea” Al leerlo concluyó: “Usted no debe dedicarse a la ingeniería”.

Su famoso libro, el Tractatus logicus philosoficus fue mayormente escrito en el frente, en la primera guerra mundial en la que combatió y en la que fue reclutado preso en Italia. La publicación del libro fue muy complicada, pese a tener un prólogo y una recomendación de Russell. Unos editores le propusieron editarlo si él cargaba con los gastos de edición. Wittgenstein respondió: escribirlo ha sido asunto mío, ahora es asunto del mundo publicarlo por la vía usual.” También era contrario a introducir cualquier mínima variación en el libro. Escribe en el prólogo que “la verdad de los pensamientos aquí comunicados me parece intocable y definitiva”. En otra carta a Russell le dice “el Tractatus echa por tierra toda nuestra teoría de la verdad. Todo en él es claro como el cristal: nadie lo comprenderá.” Incluso sobre Frege dirá que “no entiende una palabra de mi trabajo y ya estoy completamente agotado por tantas aclaraciones”. Finalmente, tras muchos rechazos, el libro se publicó en 1921: fue el único que vio publicado en vida.

Vamos pues al libro. La motivación fundamental de Wittgenstein es la de despatologizar el lenguaje, situando un límite certero entre aquello de lo que se puede hablar y aquello de lo que no puede hablarse. Un intento de constituir un lenguaje fundamental, despojado de la equivocidad que induce el habla. El problema es la profunda “incomprensión de la lógica de nuestro lenguaje”. En el prólogo del libro resume su propuesta: “lo que siquiera puede ser dicho, puede ser dicho claramente, y de lo que no se puede hablar hay que callar”. Y ¿qué lugar queda para aquello que no puede ser dicho claramente y sobre lo que hay que guardar silencio? La mística. Escribe a uno de sus editores: “Mi obra se compone de dos partes, lo que aquí aparece y todo aquello que no he escrito. Y precisamente esa segunda parte es la importante. Todo aquello sobre los que muchos parlotean lo he puesto en evidencia yo guardando un respetuoso silencio sobre ello”.

Tenemos así la mostración lógica mediante el lenguaje y la mostración mística (sin lenguaje alguno). Lo ético, lo estético, lo religioso no tiene soporte lingüístico, ni mundano.

Para entender esto hay que situar su teoría pictórica del lenguaje según la cual la estructura del mundo es la estructura gramatical. Wittgenstein plantea una correlación entre las “proposiciones elementales” y los “hechos atómicos del mundo” como lenguaje lógico. Para él pensar es hablar y hablar es pintar el mundo, representar el espacio lógico de los hechos, representar un estado de cosas posible. Entre pensamiento lenguaje y mundo hay algo idéntico que posibilita la figuración. Tienen la misma estructura lógica (o gramatical): son isomórficos. Así como el lenguaje se descompone en nombres y en frases (o proposiciones), el mundo se descompone en cosas (a las que corresponden los nombres) y estados de cosas (a las que corresponden las proposiciones).

Tenemos pues una metafísica descriptiva y atomista y un mundo definido como la suma de la totalidad de los hechos. La obviedad del mundo para W se manifiesta en el hecho de que el lenguaje sólo le significa a él y sólo a él puede significar. El significado de una frase es su posibilidad de verdad y la posibilidad de verdad significa la posibilidad de existencia (o inexistencia) de estados de cosas. Entonces, lo verificable es aquello que puede ser verdadero o falso: si una construcción gramatical se refiere a hechos posibles del mundo tiene significado. Pero, ¿las proposiciones que no hablan del mundo sino que lo valoran, o usan nombres que no se corresponden a cosas? Pues no son ni verdaderas ni falsas, son absurdas. Así que todas las proposiciones de significado son tautológicas, precisamente porque no dicen nada del mundo, lo describen, lo pintan transparentemente sin añadir nada más. Todas valen lo mismo, porque todo valor está fuera del mundo, es como un plus que uno quiere añadir a las cosas, pero ese plus no cabe en el lenguaje lógico.

Leo el Punto 6.4 del Tractatus: el sentido del mundo tiene que residir fuera de él. En el mundo todo es como es y todo sucede como sucede: en él no hay valor alguno. Así por ejemplo para W la ética es sobrenatural. No puede haber lenguaje ético, es inexpresable. Nunca pintará ningún hecho del mundo. Y la ciencia como conjunto de los hechos y de las proposiciones verdaderas es meramente tautológica. Describe un mero a=a. Por eso dice Wittgenstein que “aunque todas las cuestiones científicas estén solucionadas, sentimos que todavía no se han tocado siquiera nuestros problemas vitales. Y en esto ya no hay pregunta alguna porque no hay respuesta posible. La única respuesta es el silencio, la falta de pregunta, la disolución del problema”.

Leo el punto 6.45 El sentimiento del mundo como un todo es lo místico. 6.5 Una respuesta que no puede expresarse, tampoco cabe formular la pregunta. 6.51 El escepticismo es absurdo, quiere dudar allí donde no puede preguntarse. Porque solo puede existir duda donde existe una pregunta, una pregunta sólo donde existe una respuesta y ésta sólo donde algo puede ser dicho. Punto 7 y fin del libro: de lo que no se puede hablar hay que callar.

Así, la simbolización de lo real, producida por Wittgenstein con sus proposiciones elementales y hechos atómicos, deja un resto cuyo destino es la forclusión: lo “místico” no pertenece al campo de las proposiciones, está radicalmente separado del sistema. La verdad queda forcluida.

Y con su sistema lógico-filosófico terminado, llegó el tiempo de cumplir con la última proposición: Wittgenstein se retiró de la actividad filosófica al menos durante el período post-bélico, entre 1920 y 1926, llevando al acto el aforismo mencionado.

Jacques-Alain Miller en su conferencia titulada “El psicoanálisis, su lugar entre las ciencias” plantea sin embargo que esa famosa conclusión, esa idea lógica, es inaceptable en psicoanálisis. “El psicoanálisis adopta un edicto verdaderamente contrario porque en la experiencia analítica precisamente uno debe hablar de lo que no se puede decir, cosa que proporciona una ocasión para probar que las palabras no son suficientes para decirlo todo”.

 

 

 

* Trabajo presentado en la clase del 18 de febrero de 2017 del Seminario del Campo Freudiano de Bilbao, Curso 2016 – 2017, dedicado al Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, de Jacques Lacan

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