La risa del capitalista

 

Iñigo Martínez*

Karl Marx escribe su obra cumbre, monumental, titulada “El Capital” sirviéndose a menudo de un contrincante imaginario en el que hace escuchar las argumentaciones, razonamientos y justificaciones de un capitalista supuesto. Un personaje fantasmal, en palabras de Lacan. La cuestión es que, más allá de esos razonamientos, en un momento dado, el capitalista ríe. Y lo que puede parecer un rasgo superfluo se convierte en un divino detalle.

¿Dónde se sitúa este detalle? En la tercera parte del primer libro del capital, capítulo V, titulado el El proceso de trabajo y su valorización. Es el capítulo que paso a resumir, apuntando que en los anteriores Marx se ha dedicado a buscar el secreto de la plusvalía. ¿Dónde está? ¿En la propia mercancía? ¿En la ley de la oferta y la demanda? ¿En la maquinaria y las herramientas de trabajo? No. Va desmintiendo todas esas respuestas posibles, criticando a los economistas de su época (Adam Smith y David Ricardo, entre otros) para llegar al quid de la cuestión, desarrollado en este capítulo. Lo resumo en tres momentos: 1) la perplejidad, 2) la sonrisa jovial y 3) la risa.

  1. La perplejidad. En el supuesto de que el capitalista page al obrero la cantidad de trabajo acumulado en el producto, esto es, descontando simplemente lo invertido en la materia prima y lo invertido en los medios de producción: el costo del taller, la maquinaria, etc. Pues, en tal caso, no obtendría ninguna ganancia. El valor del producto es igual al valor del capital adelantado y el dinero, entonces, no se convierte en capital (que es dinero destinado a producir más dinero). Crear hilo, por ejemplo, cuesta la suma de los valores distribuidos entre el algodón, la maquinaria y el tiempo de trabajo: de la mera adición de valores preexistentes jamás puede surgir un plusvalor. Entonces nuestro capitalista queda perplejo y concluye que lo han engañado. A fin de cuentas ¿que más le da comprar la mercancía ya lista en el mercado o hacerla fabricar él mismo? Pero, si todos sus cofrades capitalistas hicieran otro tanto, ¿cómo habría de encontrar mercancías en el mercado? Y concluye: no se puede comer dinero.
  2. La sonrisa jovial. El capitalista se mantiene en sus trece. ¿Acaso el obrero habría de crear en el aire y producir mercancías con sus propios brazos y piernas? ¿No fue él quien le dio el material y le puso los medios para fabricarlo? Y como la mayor parte de la sociedad está compuesta por descamisados de esos ¿no le presta a la sociedad un inmenso servicio, proveyendo, además de la materia prima y los medios de producción, también la subsistencia a esos pobres diablos? ¿Y este servicio, no habrìa de cobrarlo? De pronto, nuestro amigo capitalista, adopta la actitud modesta de su propio obrero. ¿Acaso no ha trabajado él mismo?, ¿no ha efectuado el trabajo de vigilar y de dirigir? Su propio overlooker [capataz] y su manager se encogen de hombros. Pero entretanto el capitalista, con sonrisa jovial, ha recuperado su fisonomía.
  3. Pasamos entonces de la sonrisa jovial a la risa. Analicemos la cosa más despacio. Toda mercancía encierra un doble aspecto: el de su valor de uso y el de su valor de cambio. Hay algo que se usa, independientemente de su precio, de esa misma cosa comercializada en el mercado. Son funciones distintas. Por ejemplo, el uso singular de un libro y el precio del mismo.

Ahora bien, y aquí está la clave, si en el sistema capitalista la fuerza de trabajo se vende como una mercancía más (lo que Lacan señala como principal descubrimiento marxista) su uso pertenece al capitalista que la compró, no al obrero. Le pertenece tan poco a su vendedor como al comerciante en aceites el valor de uso del aceite vendido. le pertenece como le pertenecería, por ejemplo, un caballo alquilado. El precio a pagar es hacerse cargo de la subsistencia del obrero ese día: la vivienda, la comida, la ropa, la calefacción… Esto es estipulable a un cálculo medio en cada momento histórico.

Pero, ¿y si el capitalista consigue que, gracias a la maquinaria, el obrero produzca más en el mismo tiempo? Es una suerte extraordinaria para el comprador, pero en absoluto un atropello contra el vendedor, que ya tiene garantizada su subsistencia por la cual vendió la fuerza de trabajo. El dinero se ha transformado en capital y en modo alguno han sido infringidas las leyes del intercambio de mercancías. Se ha intercambiado un equivalente por otro entre individuos jurídicamente iguales. Nuestro capitalista había previsto este caso, que lo hace reír.

Acabo con dos apuntes:

Decir que, esta formulación de la risa, en una de las múltiples versiones que circulan del capital, está unida a una nota a pie de página, que apunta a que Marx parafrasea al Fausto de Goethe: Der Kasus macht mich lachen" (el caso me hace reír). Se trata del encuentro de Fausto con Mefistófeles, a quién vende su alma. Mefistófeles aparece vestido como un estudiante viajero, que hace reir a Fausto y le pregunta ¿Cuál es tu nombre? MEFISTÓFELES responde: La pregunta me parece de poca categoría para alguien que desprecia la Palabra que, desdeñando toda apariencia, busca la esencia ahondando en las profundidades. FAUSTO insiste: En vuestro caso, señor, se puede llegar a la esencia conociendo el nombre; esto ocurriría si supiera, con toda claridad, que os apellidáis «Dios de las moscas” o «Corruptor» o «Mentiroso». Bueno, ¿quién eres? MEFISTÓFELES: Una parte de esa fuerza que siempre quiere el mal y siempre hace el bien.

Es este pasaje de Fausto al que remite la risa del capitalista reformulada por Marx. Risa cínica, que esconde alguna cosa: hace creer al campesino que le presta un servicio cuando pone a su disposición medios de producción más desarrollados.

Pero risa que en el Seminario aparece también señalada como falla inherente al saber. Surge entre medias de la argumentación del capitalista, tal vez también como falla en su propio discurso, como algo en más pero incontable. La plusvalía trata de hacer todo contable y, sin embargo, en esa risa aparece otro plus, un plus de otro orden que el de la acumulación.

 

 

* Referencia, de la clase del 6 de noviembre de 2021 de la Antena Clínica de Bilbao, Curso 2021 – 2022, dictada por Estela Paskvan y dedicada a las lecciones 4, 5 y 6 del Seminario XVI, De un Otro al otro, de Jacques Lacan

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