Escuchando al siglo. Lo que el siglo no quiere escuchar

Felicidad Hernández*

De este siglo podemos escuchar muchas cosas, escuchar sus glorias o sus miserias, a sus defensores o a los nostálgicos de tiempos pasados. Se puede escuchar de todo, la tecnología audiovisual por un lado, y el derecho a hablar de cualquier cosa por otro, nos hacen oyentes de este siglo. Las llamadas Ciencias Humanas están especializadas en convertir a los sujetos en consumidores de información y conocimientos, con los que adormecer la inquietud por saber.
La divulgación y vulgarización de la ciencia nunca había alcanzado cotas tan altas como en este siglo. Las noticias sobre los desarrollos tecnológicos, las investigaciones sobre el genoma humano o los espectaculares resultados médico-quirúrgicos sobre los cuerpos humanos al estilo Doctor Frankenstein, comparten espacio con las imágenes de los cuerpos masacrados en los conflictos bélicos, la información deportiva y el pronóstico del tiempo.

Los descubrimientos científicos forman parte ya de nuestro discurso común, sus avances y las repercusiones posibles para nuestra existencia se han ido instalando en lo social hasta tal punto, que algo se convierte en verdad si se le añade el adjetivo “científico”. La palabra de Dios ha sido sustituida por el aval de la ciencia.

De otro lado, toda actividad humana que se precie debe ir antecedida por el significante “ciencias”: Ciencias de la información, ciencias de la educación, ciencias sociales, ciencias políticas, ciencias morales (en España existe la Real Academia de la ciencias morales y políticas), hasta ciencia de la cosmética, en fin, Ciencias Humanas.

Los conocimientos científicos se han convertido en la puerta que se cierra ante las narices del saber. Ya no es necesario encontrar el sentido, pues se localizará en nuestro ADN.

Pero, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

En la historia de la humanidad se encuentran los sucesivos intentos de dar respuesta a lo que se presenta como un agujero en el saber. Los seres humanos nos caracterizamos por una inagotable “sed de sentido” en palabras de Lacan.
Para esta búsqueda de sentido nos dirigimos a un Otro con mayúsculas, a una estructura superior que tendría esas respuestas, distinto según las épocas.

En la Grecia Antigua los enigmas de la vida, del Cosmos, estaba en manos de las divinidades, y el Destino era la Ley. Sólo les quedaba a los hombres enfrentarse a ese destino impuesto por los dioses ejerciendo su libertad de elección, sabiendo que el resultado era la tragedia en estado puro. Por otro lado, la sociedad-Estado rige y regula el comportamiento social, de tal manera que sólo tenía régimen de sujeto quien formaba parte en la organización de la polis.

Cuando en la Edad Media triunfa el monoteísmo, la Ley viene de un solo Dios, es el Dios Padre, Otro absoluto, dueño de toda la sabiduría. En este contexto, el comportamiento humano ya no sólo responde a la acción pública, pues el Dios único y verdadero invade el interior de los seres humanos apareciendo el juicio dentro de sí mismo, Dios lo ocupa todo, y el Poder está en manos de quienes hablan en su nombre, y los demás sus siervos.

Con Descartes, en el Renacimiento, aparece el sujeto pensante como eje de la significación del mundo, el acto de pensar, “pienso luego existo”, es la razón de su existencia y no el ser divino. Con el pensamiento se podrá descifrar la naturaleza sin necesidad de recurrir a Dios, la búsqueda de saber basándose en las reglas del método científico permitirá a los hombres “establecer algo firme y durable” (Descartes). En siglos posteriores, el oscurantismo y el miedo que supone el monoteísmo va quedando desplazado por la esperanza de hacernos dueños de nuestro propio destino.

Esta nueva concepción repercutirá en la organización social en las épocas venideras, van apareciendo los ideales modernos basados en los derechos individuales de los ciudadanos, resultado de los nuevos modos de producción. Con todo esto, nace la ilusión de que el sucesivo progreso del conocimiento humano llevará a la humanidad a una felicidad sin fin.

Con la aparición del cogito cartesiano, el yo pienso, hace su aparición la Ciencia con mayúsculas, esto es, el desarrollo del conocimiento objetivo y sistematizado obtenido de la observación y la experimentación, con el que poder establecer patrones regulares y así deducir leyes generales.

Pero también, y como consecuencia, aparece otro gran descubrimiento que contradice el ideal cartesiano, el descubrimiento freudiano: el yo no es donde cree ser, y no piensa donde se supone que debe pensar; además descubre que el sujeto no siempre quiere su bien.

Pero “el sistema no tiene necesidad de sentido” (Lacan), la Ciencia “avanza que es una barbaridad” y el conocimiento adquirido permite la producción sin fin de objetos y artefactos, y sobre todo un plus que “sonríe al capitalista con todo el encanto de algo que brotase de la nada” (Marx). Los sujetos se dirigen al mercado, que provee del resultado del saber de la ciencia, para adquirir objetos de consumo con los que obtener esa satisfacción prometida. Goce y consumo se hacen sinónimos.

Si la “objetividad” científica anula la subjetividad humana, la Ciencia como ideología de la supresión del sujeto, como la define Lacan, para el mercado estos sujetos sí existen, colocándolos en el lugar privilegiado de la estructura, bajo la modalidad de consumidores.

Consumidores consumidos en el circuito sin límite ni freno entre la satisfacción prometida y la satisfacción obtenida, y que obliga a reiniciar el recorrido, no dejando intervalo para el deseo, es decir, no dejando lugar a la castración. Todo es posible.

El discurso capitalista debe estar creando continuamente necesidades para que el sujeto las demande, las produzca y las consuma, y que dé como resultado una plusvalía con la que poder volver a comenzar de nuevo el circuito de consumir. La ley que regula todo este funcionamiento es paradójica, pues es la ley del libre mercado, es decir, una ley que no limita el goce sino que alimenta su exceso.

Esto no es sin consecuencias para los sujetos. Puede suceder, sucede, que algunos queden fuera del circuito de este discurso sin fin, o puede suceder que muchos estén tan integrados en esta estructura que nada funcione para ellos como límite. En los dos casos puede aparecer un déficit de bienestar, e incluso de sufrimiento, por no poder obtener la satisfacción y la felicidad a la que sabe tiene derecho y no puede o no sabe lograr.

Para ellos existe la posibilidad y aún la exigencia, de ser usuarios de los servicios sociales y psicológicos que el sistema tiene organizado. En algunos casos se tratará de modificar su actitud negativa, o reajustar su conducta al medio para que puedan volver a circular sin representar un estorbo al circuito; en otros, donde esto no sea posible, se los encajará en compartimientos estancos para que molesten lo menos posible. En fin, dependerá del resultado de la evaluación con la que se determina los cambios generados por la técnica empleada tras comparar el estado posterior a la terapia y los resultados previstos en su planificación. Porque de lo que se trata es de optimizar la gestión del proyecto.

Esto, claro está, está avalado científicamente. Son las teorías científicas de la conducta humana.

¿Qué fundamentación científica tiene la teoría cognitivo-conductual?, el testimonio de Skinner, padre del conductismo es la mejor respuesta, él dijo: “Yo tuve sólo una idea en mi vida –una verdadera idea fija. La palabra “control” la expresa. El control de la conducta humana. En mis tempranos días de experimentador, era un desenfrenado deseo egoísta de dominar. Recuerdo la ira que sentía cuando una predicción salía mal. Podía gritar a los sujetos de mi experimento ¡Pórtate bien, maldito! ¡Pórtate como debes!” (TIME Magazine, 20-9-71)(1).

Al escuchar estas palabras de Skinner seguimos escuchando a nuestro siglo. Porque si tiene una verdadera idea fija, ésta es el control. Los burócratas y tecnócratas en que se han convertido los políticos, están ocupados en gestionar nuestra salud, nuestra seguridad y nuestro orden hasta límites verdaderamente insultantes e indignos, convirtiéndonos en individuos infantilizados con un grueso manual de normas y normativas bajo el brazo, eso sí, previo control a través del escáner. La delgada línea entre el bien y el mal, o las más elementales reglas en las relaciones humanas, ahora se miden en multas y sanciones, vigilancia y controles.

Todo fue favorecido al comienzo de nuestro siglo, cuando del exterior se introdujo el terror que explotó en el interior de nuestro universo capitalista, y la autosuficiencia del sistema mostró su fragilidad, su miedo y su desconcierto. Pero tuvo la capacidad de revertirlo a su favor, lo aprovechó para autorizarse a implantar un control tan desmedido como incuestionable.

Pero mientras tanto, en el interior mismo, otro peligro se iba consumando, y a la ideología del control se le han descontrolado sus propios controladores, “los malditos no se han portado bien”. En la confianza del todo vale porque no hay nadie que se lo impida, en la velocidad y la vorágine que impone el goce desmedido que permite la estructura del discurso, la maquinaria financiera ha quemado algunos de sus motores y el engranaje parece patinar. Se llama crisis.

¿De qué trata la crisis? Les transcribo una respuesta de J.-A. Miller al periódico Le Point: ...hay crisis, en el sentido psicoanalítico, cuando el discurso, las palabras, las cifras, los ritos, la rutina, todo el aparato simbólico, se demuestra súbitamente impotente para temperar un real que hace a su antojo. Una crisis es lo real desencadenado, imposible de dominar. El equivalente en la civilización de esos huracanes por medio de los cuales, periódicamente la naturaleza viene a recordarle a la especie humana su precariedad, su profunda debilidad.

Pero esto, el siglo no quiere escucharlo.

Porque en este punto, nos podemos preguntar, yo me pregunto, ¿el siglo escucha?

Si algo caracteriza a este siglo cuando lo escuchamos es, que no quiere escuchar. Está sordo a todo lo que no esté “científicamente probado”, es decir, sordo a los sujetos, porque son efecto del lenguaje y no de la ciencia. Los sujetos no son la biología, no son la conducta, no son los individuos.

Es cierto que evaluar es más eficaz que escuchar. Porque la evaluación nos convierte en números, y las cifras son más fáciles de manejar. Pero nos deja ignorantes de lo que sucede. De lo que sucede en el sistema educativo, de lo que aqueja a los padres y a los hijos, de lo insoportable que arrastra la adolescencia y la juventud, de la encrucijada ética en la que se encuentra el sistema sanitario, de la violencia, de los atolladeros con la sexualidad, en suma, de la desorientación generalizada sobre el valor de la existencia. Es decir, ignorantes de la crisis subjetiva que el discurso ha producido a consecuencia de haber invertido en la estructura dos elementos.

Porque ¿qué es el discurso? Es la estructura que ordena los elementos fundamentales del lenguaje, necesario para las relaciones del ser humano con el mundo, y con el que instauramos los lazos sociales.

Si en el llamado discurso del Amo por Lacan, se trata de que lo que impulsa, lo que hace de agente en las relaciones fundamentales, son los significantes que orientan nuestra vida y que nos representan como verdad, significantes que se dirigen al Otro del saber para intentar capturar eso que el significante mismo nos hace perder, y que a la vez nos proporciona: el goce; en el discurso capitalista se hace una inversión de los elementos, y en el lugar del agente se coloca al sujeto, creando así la ilusión de representar al amo del discurso, y desde este lugar se dirige al Otro, no para obtener un saber sino para obtener el producto de su trabajo –el conocimiento adquirido por la ciencia–, los objetos con los que saturar y suturar el deseo. En el lugar de la verdad han quedado debilitados y desvalorizados los significantes que nos tendrían que representar.

Esta es la crisis. Y si queremos saber algo, debemos interrogar a lo que hace crisis precisamente; escuchar el síntoma, lo que hace falla, porque eso nos dirá la verdad del sujeto, es del síntoma de donde podemos extraer un saber. Y el saber es lo que hace que la vida se detenga en un cierto límite frente al goce (Lacan) (2).

Saber que es radicalmente distinto de los conocimientos. El conocimiento es lo que desconoce al sujeto, lo que no dice nada de él, del deseo que lo causa. Por eso desde el psicoanálisis no nos cansamos de decir que no hay prevención posible, ni educación sexual que haga que el sujeto piense donde debe pensar, ni educación ciudadana, ni tantos etc. como se quieran, que sirva para limitar el goce que excede a la razón. Porque el Yo no es donde cree ser.

No hay un Saber Universal, no hay establecimiento de patrones regulares en el sufrimiento humano. No hay objetividad en el dolor de existir. Se trata de lo que cada sujeto puede elaborar a partir de su no-saber sobre la causa de su conducta, y extraer un saber de las palabras, silencios, encuentros o desencuentros primordiales que determinan sus actos. Se trata de que pueda saber que en su debilidad o precariedad no deja de ser responsable de su lugar en el mundo.

Estamos inmersos en la estructura de un discurso que pretende anular lo imposible, por lo que no quiere saber sobre el deseo que lo anima.

Por eso no quiere saber nada del inconsciente, porque no se puede controlar, porque no se puede consumir, porque no se obtiene de la experimentación, porque con él no se pueden establecer leyes generales, porque convierte a los individuos en sujetos de deseo. Y eso no es científico. Es ético.

Nuestro destino no está escrito en la divinidad del código genético, y ejercer nuestra libertad de elección no da por resultado la tragedia. Al contrario, se trata de poder saber qué es lo que hace de causa para vivir a cada uno de nosotros, qué es lo que hemos elegido para dar un valor a nuestras vidas y hacerla deseable. Se trata, en definitiva de saber hacer con lo imposible, con lo real, no de anularlo, porque cuando esto se pretende lo que funciona es la pulsión de muerte. Y esto, nos lleva a lo peor.

Ésta es la manera en que he podido, para esta ocasión, escuchar al siglo.

 

NOTAS:

1- Fernández Blanco, M. y Peteiro Cartelle, F. J. Ciencias inhumanas, Ed. Gredos
2- Lacan, J. El Seminario 17, Ed. Paidós

 

* Conferencia de clausura del VI Symposium de los Grupos de Investigación del Seminario del Campo Freudiano de Bilbao, celebrado el 16 de Junio de 2010

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