Las prácticas orientadas por el psicoanálisis

Grupo de Investigación: el niño en el discurso psicoanalítico*

“La época cambia y el psicoanálisis también cambia”, son las palabras que Freud dijo a la prensa cuando se le señaló que había discípulos suyos más ortodoxos que él mismo.

Este cambio lo comprobamos en las consultas, en los centros de salud, en las instituciones de justicia, en las familias...

El niño es ahora el centro de las nuevas estructuras familiares, así como también evidenciamos la infantilización generalizada de nuestra sociedad, podemos comprobarlo, por ejemplo, en la proliferación de parques infantiles en los espacios públicos de la ciudad.

Ahora allí donde hay un niño, hay familia –no al contrario como hasta ahora-, sea la familia del tipo que sea: clásica, monoparental, de homosexuales..., primero es el niño (EPS). Pero Lacan no hacía el niño cuando se dirigía a un niño, lo tomaba como un sujeto de pleno ejercicio.

Eric Laurent en su texto: “Siglo XXI: no-relación generalizada e igualdad de términos”, nos señala que por un lado asistimos hoy al final del patriarcado, con su correlato: la decadencia de la dimensión trágica del padre; y por otro asistimos a la multiplicación de formas de la familia conyugal. Ahora la familia se basa en las formas de conjugo.

El padre de familia, sueño del neurótico, se separa de la función del Nombre del Padre, que puede ser sostenida por otros personajes aparte de la familia. El Nombre del Padre articula el deseo y la ley, su función pone freno al goce.

Lo comprobamos muy claramente en el caso por excelencia del psicoanálisis con niños: Juanito, que comenzamos a trabajarlo en el GI Niños el año pasado y que hemos continuado este curso, lo que nos sitúa en línea con la orientación de la DHH de la Nueva Red Cereda así como con la Jornada de Estudio del Instituto del Niño, de la Universidad Popular Jacques Lacan cuyo tema fue “Los miedos de los Niños”.

Juanito, gran investigador de la sexualidad, era un niño feliz que vivía en un mundo imaginario jugando a ser el falo que encantaba a su madre; y todo funcionaba bien a nivel imaginario hasta que algo real apareció que produjo un efecto de desorden, algo real inasimilable: Por un lado apareció el nacimiento de su hermanita Ana y por otro, sus primeras erecciones. Estos dos acontecimientos ocasionan un problema que están fuera del discurso entre Juanito y su madre. Y a Juanito ante este real inasimilable le falta un elemento simbólico que sería el que le permitiría integrar, dar sentido al pene y a la existencia de su hermanita.

Le falta la función simbólica del padre para tratar la privación fundamental de la madre, la privación femenina.

El padre no responde, lo que le confronta a su propia castración, que es: no poder colmar a la madre.

Este es el drama de Juanito, que el padre no responde y Juanito hace una fobia que la podríamos situar, como nos dice J.-A. Miller, como un significante que reemplaza la operación del Nombre del Padre.

Poner un freno al goce, que como decíamos es la función del Nombre del Padre, es también poder abrir al sujeto una vía que no sea aquella de un empuje-a-gozar mortal, poder tener una relación viable con el goce, diferente al empuje-al-hedonismo contemporáneo, que revela su fase mortal en las adicciones.

En la mayoría de las familias aún existe la configuración clásica, lo que no impide que aparezcan nuevas sintomatologías en los niños, nuevas presentaciones del conflicto familiar.

Así hoy no nos encontramos con fobias, ni obsesiones, ni histerias al menos a la entrada, sino con sujetos casi desabonados del inconsciente, con trastornos del humor, de conducta, con demandas insaciables o con un inquebrantable rechazo al Otro. Nos encontramos con el Niño-amo o el Niño-rey, un niño tirano imposible de educar.

Todo esto refleja que algo ha cambiado. Falta una autoridad que encarne cierta ley. El padre del Edipo es el padre de la prohibición, el que dice: “con esta no”, pero también dice: “con las otras si”. Es el verdadero operador de la castración. Pero como hemos dicho, ya no va más el Edipo.

La adopción legal –porque a los hijos propios también se los adopta o no- muestra que la biología sola no hace lazo. En la adopción al hacerse patente la hiancia entre biología y semblante, se trasluce que el niño llega al mundo como resto de la relación sexual entre los partenaires, lo cual quede tener diferentes consecuencias en el sujeto, como veremos en la viñeta clínica.

J.-A. Miller en su artículo “Desarrollo y estructura en la dirección de la cura”, que lo podéis encontrar en la revista Carretel 10, la revista de la Diagonal Hispanohablante y Americana que se hace en Bilbao y parte del equipo editorial pertenecen al GI Niños; Miller en este magnífico artículo nos dice que lo nuevo introducido por Lacan ha sido demostrar que en el campo del lenguaje, el desarrollo cede su lugar a la ciencia. Sería entonces, desarrollo versus historia, y de esto se trata en psicoanálisis de construir su propia historia, como veremos luego en la viñeta. Oponer desarrollo e historia no es decir que no hay maduración en el organismo, sino que es decir que el proceso incluye un sujeto, en el sentido que subjetiva, que da sentido a lo ocurrido.

Con el sujeto que no habla el terapeuta toma para sí mismo el hablar, el inventar, sustituyendo su teoría al silencio eventual del niño. Y a veces el riesgo de la situación es que sustituye el silencio del niño por su propio delirio, sin límites.

Hay que volver a la sobriedad, a la lógica de Juanito, indica J.-A. Miller, y continúa diciendo que el estilo profundamente lógico del caso Juanito podría ser un emblema del trabajo con niños.

El niño, en cierto modo, sabe todo lo que hay que saber. Podríamos pensar en una oposición entre desarrollo y estructura porque el aprendizaje supuesto del lenguaje no va de lo más simple a lo más complejo, sino que el niño tiene un conocimiento anticipado de las estructuras gramaticales. Poco a poco los elementos se ponen en su lugar, pero ya el sistema estructural los organiza con anticipación.

Es con el niño que se pone en evidencia la primacía de la relación del sujeto al discurso del Otro -esto es una enseñanza en todo el campo analítico-. Y es en la relación con el niño que podemos asistir a la manera según la cual el sujeto surge de la masa de los significantes del Otro.

Presentaremos ahora una viñeta clínica que da cuenta de una cura orientada por el psicoanálisis y que ejemplifica cuestiones planteadas en el texto.

Viñeta clínica: “En huesos”

Conozco a A. en enero de 2010. Acababa de cumplir entonces 4 años y hacía unos 14 meses que fue adoptado. Su país de origen es Rusia. Las condiciones de la institución en la que transcurrieron los primeros años de vida de A. no eran las deseables. A. se encontraba en malas condiciones de salud cuando fue adoptado Estaba muy delgado. “En huesos”, dirá la madre.

La primera vez que recibo a A. en la consulta acude con su madre, y con su abuela materna. El padre de A. ha estado ausente en relación al proceso psicoterapéutico. Sólo ha acompañado a madre e hijo en dos ocasiones en las que no ha pronunciado palabra.

Madre y abuela materna se presentan como una pareja al cuidado de A., sobre el que los hombres de esta familia parecen tener poco que decir. La preocupación principal es el continuo movimiento del chico y las agresiones dirigidas principalmente a la madre y la abuela. Estas agresiones son interpretadas por ellas con intencionalidad de dañar.

Otra de las preocupaciones que traen en la primera sesión es que el niño dice querer ser una niña. La madre le cree capaz de cortarse el pene. “Tengo que tener cuidado con las tijeras porque si no...” En las ocasiones en que el niño afirma ser una niña la madre le contesta que cuando sea mayor será lo que quiera pero que de momento es un chico. Se le señala a la madre lo confuso de esta respuesta. Mucho más adelante la madre me cuenta que ellos querían adoptar a una niña a la que fueron finalmente a recoger a Rusia. Al llegar allí se encontraron con una niña con deformidades físicas y alteraciones cognitivas importantes. “La tuvimos que dejar allí”.

Durante el primer tiempo con A., que acude semanalmente a consulta, el niño muestra pensamiento y lenguaje desorganizados. Dejo en espera la valoración del lenguaje ya que en el año que lleva aquí el niño se ha visto obligado a aprender castellano y euskera. Además, la mamá de A., una mujer que ha trabajado mucho para lograr una formación, ha comenzado a hablarle en inglés para introducir la que sería ya una cuarta lengua.

Más allá de las dificultades para comprender a A., aparece claramente una desorganización del pensamiento. Un ejemplo: construimos una torre con piezas de madera. Es muy alta y está muy inestable. Trato de afianzar la base pero sólo logro que la torre caiga. Le pido disculpas a A. por haberla tirado. Trata de negar esto “No la has tirado, tranquila, se ha caído sola…”. Le indico que sí que la he tirado, aunque mi intención no era tirarla. Insiste mostrándose cada vez más nervioso... Podemos comprobar como A. no puede simbolizar la falta en el Otro.

Durante las primeras sesiones A. explora la consulta pasando continuamente de un juguete a otro. Parece asombrado de que le deje desordenar todo y le ayude a recoger al final. Me mira continuamente como esperando algún comentario sobre su actividad constante.

Un día le pregunto a qué suele jugar con sus amigos. Me mira extrañado. “A correr”. Le interrogo sobre el objetivo del correr. ¿Pillarse los unos a los otros? ¿Se esconden? A. propone que juguemos a escondernos. Éste se convierte en el juego que desarrollaremos durante bastantes semanas. A. se esconde y yo le busco. Cuando le encuentro se agita muchísimo aunque acto seguido quiere repetir la secuencia. Vemos como en el Juego del fort - da) Con el objetivo de calmar algo de esta excitación comienzo a introducir cierta planificación: ¿ahora te encontraba o salías tú del escondite? ¿Tardaba mucho en encontrarte? Estas maniobras hicieron que el juego se organizara cada vez más hasta que A. me pidió que me escondiera yo. La organización le permitió poder hacer esto, ya que durante semanas no podía soportar que yo me escondiera. No podía soportar la ausencia del Otro. Durante la búsqueda, A. imitaba mis verbalizaciones cuando era yo la buscadora. Más que un mimetismo, A. comenzaba a tomar algunos significantes de mí, observamos aquí que la transferencia ya se ha establecido. Pronto pudimos pasar a otras actividades.

A lo largo de las sesiones, A. ha ido poco a poco organizando juegos de carácter simbólico. Despliega dos tipos de juego:

- A. es un perro que se llama “Ruso” (parece que se hace representar por el perro) y yo hago las veces del amo de éste, Carlos. Aunque con ciertas variaciones la secuencia se repite: mientras duermen el perro se esconde y el amo piensa que se ha marchado (nuevamente juega con la ausencia/presencia). Tras un largo rato de búsqueda el perro aparece diciendo que era una broma (soporta cada vez mejor la ausencia e incluso se permite bromear con ella). (La terapeuta se deja enseñar lo que permite la transferencia).

- Juega con los clicks, la casa y la escuela. Aunque la secuencia de sucesos puede variar, invariablemente hay una familia con padre, madre y un hijo, y un policía. El policía es implacable, castiga duramente a todo aquel que transgrede la norma aunque no sea de forma intencional. Incluso el niño va a la cárcel si “hace algo malo”. También va a la cárcel su madre en esas ocasiones “Si un niño hace algo malo su madre también tiene que ir a la cárcel”. Los padres también son en ocasiones muy duros con el hijo. Éste nunca se revela ante los castigos.

Trato de introducir, a través del juego, la idea de que un niño puede enfadarse con sus padres sin que nada ocurra. Parece que este trabajo está teniendo un efecto de apaciguamiento en el niño que está más tranquilo. El trabajo psicoterapéutico paralelo que está realizando la madre está ayudando a que pueda leer los comportamientos del niño desde otro punto de vista.

A medida que el trabajo avanza el niño puede ir poco a poco nombrando, simbolizando lo que le pasa. Para ello va construyendo ficciones para tramitar, desde un exceso que conoce, lo que desconoce del goce que lo habita.

Presentaré dos de las últimas ficciones que el niño ha empezado a construir:

- “Yo en Rusia ya sabía hablar y también andar... Cuando estaba en Rusia, me salió un niño por la boca, lo tenía en la tripa, y se quedó allí... Ese no sabía hablar”.

-“Te voy a contar una cosa muy seria, dice A., así que no te rías. Ya sé porqué Jack está en huesos. ¡Se murió y se quedó en huesos! Luego salió de la caja y va por ahí en huesos... Es muy triste, no tiene gracia, porque se murió. Eso también nos pasa a nosotros cuando nos morimos, nos quedamos en huesos. Pero no lo vemos porque nos vamos al cielo, y allí vivimos en huesos”.

Con las narraciones que fabrica el niño tratará, acompañado por la terapeuta que recoge sus relatos, ese real que le concierne.

 

*Trabajo presentado en el VII Symposium de los Grupos de Investigación del Seminario del Campo Freudiano de Bilbao que, con el título “Las prácticas atravesadas por el psicoanálisis”, fue celebrado el 3 de Junio de 2011

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